FAMILIA Y FORTALEZA EN LA EDUCACION DE LOS HIJOS

TEXTO  DE LA CHARLA DE DON ENRIQUE BRAHM GARCIA:

FAMILIA Y FORTALEZA EN LA EDUCACION DE LOS HIJOS.

Enrique Brahm García

Universidad de los Andes

Cómo Director de Estudios de la carrera de Derecho y cómo profesor de primer año de varias carreras, lo que más me llama la atención, es que entre los jóvenes alumnos, dotados de grandes cualidades, hay un porcentaje muy importante que no logra desarrollar sus talentos y se quedan en la mediocridad y en el fracaso.  En casos extremos, pero cada vez comunes, se llega a distintas formas de estados depresivos.  ¿Por qué? Creo que parte importante del problema se origina en el entorno familiar y en su falta de voluntad y de reciedumbre.

Decía San José María Escrivá que en los colegios el orden de prioridades debía ser: primero los padres, después los profesores y luego los alumnos.  Si los padres no cooperan, ellos que son los principales responsables en la educación de sus hijos, es poco lo que el colegio podrá hacer.  Se necesitan con urgencia matrimonios generosos, abiertos a la procreación – por lo general saldrán mejor formados los hijos de familias numerosas –, que luchen por desterrar toda forma de egoísmo. Familias unidas, unidas en las alegrías y en los dolores, en las que todos se preocupan de todos.  Se requieren padres, papá y mamá, con capacidad para darle tiempo a la vida de familia, que sean esperados con ansias por sus hijos.  A la casa no se llega a descansar sino a servir, a seguir disponible; hay que sacarse el cansancio de encima: sólo se descansa haciendo de verdad vida de familia.  Los niños no nos deben molestar porque son lo más importante que tenemos.

La vida de familia implica estar juntos, con presencia física de papá y mamá los que deben estar siempre disponibles para los niños.  Hay que hacer cosas juntos (más allá de sentarse a ver televisión, o encerrarse cada uno con el computador, la palm o la blackberry).  Hay que conocerse y para eso es necesario conversar; sólo así se puede querer de verdad.  Contar lo que nos pasa; en qué estamos; las alegrías y problemas que tenemos, para que los niños nos cuenten también lo que tienen en su interior.

Hay que saber decirle a la mujer, al marido, a cada uno de los hijos ¡qué bueno que tu existas!  Amar sin condiciones; aceptar a los hijos tal cual son.

Pero además hay que saber ser exigentes con ellos; saber apretarlos con cariño: fuertes en el fondo aunque suaves en la forma.

En parte importante de la juventud se extraña hoy la virtud cardinal de la fortaleza. No es fácil vivirla hoy día cuando hay, en general, tanta facilidad y abundancia; tantos bienes materiales que hacen más fácil y cómoda la vida. Llegan a las exigencias de la vida universitaria convertidos en unos merenguitos, que se derrumban fácilmente ante cualquier problema y contrariedad y ante la más mínima exigencia. Santo Tomás de Aquino enseñaba que la fortaleza consiste en “acometer el bien sin detenerse ante las dificultades” y en “resistir los males y las dificultades evitando que estas nos llenen de tristeza”.  Y Séneca afirmaba: “no nos falta valor para emprender ciertas cosas porque son difíciles, sino que son difíciles porque nos falta valor para emprenderlas”.

Hoy es clave, urgente, desarrollar la virtud de la fortaleza.

Un autor moderno (G. Courtois), experto en educación, escribía en uno de sus libros: “Yo veo a muchos padres.  Me suplican que haga algo por sus hijos.  Y veo también muchos niños … Los conozco.  Lo que les falta a todos es el hábito del esfuerzo.  No se les ha formado en este sentido.; no se les exige lo suficiente, se transige, se capitula.  Son buenos.  Tienen inmensas posibilidades.  Se podría sacar mucho de su buena naturaleza.  Desgraciadamente se les deja sólo vivir … No tienen suficiente voluntad … Es el mal de la época.  Es absolutamente necesario remediarlo …, desenvolver en ellos la energía.  Es urgente”.

“Es un hecho: en muchas familias se tiene miedo a pedir esfuerzos al niño, y eso bajo los pretextos más curiosos: miedo de contrariar al niño, de causarles disgusto, de hacerle enojar.  Es la educación al revés, porque esos niños que no saben dominarse, ni renunciar a caprichos, ni molestarse por los demás de manera adaptada a su edad, serán más tarde vencidos en la vida, si no es que se convierten en verdugos de aquellos que les enseñaron a ser tiranos”.

“En muchas familias son los niños los que mandan y toman a su madre por criada.  Los niños son apáticos; empiezan las cosas cuando se les ha dicho veinticinco veces y es preciso estar encima para que terminen lo que empiezan.  No saben esperar: sienten sed, es necesario beber inmediatamente; tienen hambre y quieren comer cuanto antes; al menor síntoma de cansancio, abandonan, no pueden seguir más lejos.

Los padres encuentran esto natural y no reaccionan”.

Quizá digo cosas muy duras, pero corresponden a realidades bastante habituales.

Que los niños son cómodos y tienden a la ley del mínimo esfuerzo no constituye ninguna novedad.  Pero que los padres no exijan por comodidad, por quitarse problemas de encima, es un contrasentido.

Debe reconocerse, en todo caso, que en la tarea de formar en los niños una voluntad fuerte, el medio no facilita las cosas: el materialismo y el afán de placer y de comodidad ha calado muy hondo en el ambiente, y los padres saben que dan una batalla que va contra la corriente.

Que los hijos vivan en un clima de sobriedad, que aprendan a no quejarse de las pequeñas molestias y contradicciones, que se tomen en serio el estudio y la vida escolar, que convivan en armonía con sus hermanos, que presten algunos servicios en la casa, que usen responsablemente el tiempo libre, debieran ser objetivos constantes de la misión educativa de los padres.

Resulta ideal que todos los padres del colegio estén en la misma línea, porque la tarea se complica si no se tiene la colaboración de otros compañeros de curso, en cuyos hogares hay un reblandecimiento y una deseducación: exceso de cosas, cosas innecesarias, exigencia escasa (fuera de las notas), caprichos consentidos, permisos que no debieran darse, poca o nula vida de familia.

No son tiempos para la blandura y la falta de carácter.  Nada bueno ni de valor se obtiene sin esfuerzo.  La responsabilidad de los padres en el tema de la educación de la voluntad no puede eludirse.  Juan Pablo II lo expresaba con lucidez: “Para poder vivir una vida gozosa de familia se requieren sacrificios, tanto por parte de los padres como de los hijos”.

No basta querer a los hijos.  Hay que aprender a quererlos.  El cariño malentendido lleva muchas veces a actuar sin criterio.  A los niños – y no tan niños – se les permite, a veces, tener innumerables mañas, mal genio, carácter poco recio y firme.  Se les ahorra poner esfuerzo de su parte.  Y se transforman en niños que sólo se acostumbran a recibir, jugando en la casa un papel pasivo.  Es el niño llorón de chico, al que se le compadece más de la cuenta.  Luego es quejumbroso de la menor exigencia normal (¡Demasiadas tareas, demasiadas pruebas, el profesor es injusto …!)

En la adolescencia casi todo les da lata, se sienten víctimas.  Cualquier no, justificado y razonable les parece una agresión.  No se interesan por saber: sólo les mueve la nota, y por obtenerla utilizan cualquier recurso, aunque sea deshonesto.  Hacen uso permanente de fotocopias y de cuadernos prestados.  No leen los libros, obtienen resúmenes del “rincón del vago”.  Con frecuencia llegan con “falsificativos” que justifican su irresponsabilidad.  Parecen no tener interés por nada que exija un esfuerzo.

Por último, debe tenerse presente que la voluntad firme, la fortaleza, no se forma en grandes contiendas, sino que el objetivo debe ser formar a los niños desde muy pequeños exigiéndoles en cosas pequeñas.  Por ejemplo:

Con respecto a las comidas: no comer a deshora; no comprar porquerías (chicles, papas fritas etc); no quejarse de la comida: comer y agradecer lo que se les sirve;

Con respecto a los horarios: levantarse a hora fija en día de trabajo y a una hora razonable los fines de semana; puntualidad para llegar al colegio y para llegar del colegio; comer en familia y a una hora razonable (no aceptar la llegada escalonada); tener y cumplir un horario de estudio; hora de luces apagadas.

Con respecto a la vida escolar: tener los cuadernos al día; salir de la casa con el uniforme completo; estudiar sin distractores (aparatos de música, televisión, computador); enseñar a contestar con respuestas claras y entendibles; exigir un vocabulario preciso, sin muletillas; que hablen bien de sus profesores y compañeros.

Con respecto al servicio en la casa: orden en su pieza, hacerse la cama, pedir por favor y dar las gracias; que no se echen en las camas; tener algún control de lo que ven en la televisión y en internet.

En fin, como padres tenemos la obligación de exigir y formar …, puede que mañana sea tarde.

Termino con una cita de Juan Pablo II, tomada de su libro autobiográfico “Levantaos, vamos”, que nos indica un camino muy claro.  Decía el Papa:  “Los laicos pueden realizar su vocación en el mundo y alcanzar la santidad no solamente comprometiéndose activamente a favor de los pobres y los necesitados, sino también animando con espíritu cristiano la sociedad mediante el cumplimiento de sus deberes profesionales y con el testimonio de una vida familiar ejemplar”.

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